Fuiste la flor más linda de este mundo,
llegaste en invierno, sin avisar,
a protegerme del frío más profundo,
el frío de la soledad.
Ahora te vas y el pecho se me parte,
pero más dolor sería retenerte.
Florece, amor, vuélvete más arte,
que amarte bien también es perderte.
Yo me quedo aquí, mirando desde lejos,
desde donde mi sombra no te tape el sol,
guardando de tu luz los últimos reflejos,
la flor más bella que tuvo este corazón.
Vida mía, mejor nombre no podrías tener,
porque las estrellas se te parecen tanto.
Las dos fueron hechas del mismo amanecer,
del mismo polvo eterno, del mismo llanto.
Y aunque no sé de qué está hecha el alma,
la tuya y la mía tienen algo igual.
Una misma raíz, una misma calma,
un hilo invisible que no tiene final.
No será en esta vida que el destino nos una,
pero en la otra, mi alma te reconocerá.
Te buscará en la luz, te encontrará en la oscuridad,
y esta vez, querida estrella, ya no te soltará.
Posdata:
Llevo tu bufanda a todos lados que voy; este regalo que me diste ya no solo me protegerá de las noches más gélidas, sino que calentará mi alma en mis días más oscuros.
Y sé que no tiene que ver con la carta, pero quería decírtelo: el otro sábado que te vi me volví a dar cuenta que, sin duda alguna, eres la persona más bella que mis ojos vieron.
Hasta que nos volvamos a ver, amor.